Hay madres que nunca pudieron conocer a sus hijos y nadie les envía flores.

Ella cargó a su hijo durante nueve meses; sintió sus patadas, sus movimientos y el peso que crecía en su interior. Tras el parto, ese primer encuentro duró apenas unas horas antes de que alguien se lo llevara.

Lloró durante días. Buscó y llamó. Los investigadores registraron su comportamiento: no lo había olvidado. El silencio, cuando finalmente llegó, no fue señal de aceptación, sino de puro agotamiento.

Esto sucede todos los días, a escala industrial, para que la gente pueda beber leche.

«El vínculo entre madre e hijo es, quizá, el aspecto más humano que tenemos, precisamente porque no es exclusivo de los humanos.»

Un cuerpo que no le pertenece

La industria láctea solo funciona porque las vacas son madres. Sin embarazo no hay leche. Por eso las inseminan a la fuerza, una y otra vez, para que el ciclo nunca se detenga. El eufemismo de la industria es «mejora genética», pero el nombre real es el control reproductivo total sobre un cuerpo que nunca tuvo la oportunidad de elegir.

Al ternero se lo llevan en cuestión de horas y a veces, incluso antes de que la madre tenga oportunidad de limpiarlo. La leche que debía ser para él termina en el camión, mientras ella se queda atrás.

Las cerdas pasan sus embarazos en jaulas donde apenas pueden darse la vuelta. Las gallinas ponedoras viven en un espacio más pequeño que una hoja de papel. Cuando su producción de huevos disminuye, las desechan. A los pollitos machos los trituran vivos al nacer porque, al no poner huevos, no tienen valor comercial. Aquí, la vida se mide únicamente por lo que produce.

El paralelismo inquietante

Maternidad forzada, separación de los hijos y el descarte de quienes no encajan en el sistema… reconocemos estas formas de violencia cuando se ejercen contra seres humanos. Sin embargo, todavía estamos aprendiendo a reconocerlas cuando las víctimas son otras madres.

Expandir el amor también es una elección

Aquí no se trata de buscar una culpa constructiva, porque la culpa paraliza. Lo que hay es una pregunta que el Día de las Madres nos da permiso para plantear en voz alta:

Si el amor de una madre es lo más sagrado que existe, ¿cómo es que se construyó todo un sistema basado en violentarlo y por qué guardamos tanto silencio al respecto?

No hace falta una etiqueta para responder a esto. No se requiere de un movimiento ni de una identidad política; basta con la disposición a observar lo que ya sabemos sobre la maternidad y a permitir que esa mirada llegue un poco más lejos.

Por dónde empezar

  • Cuestiona el origen. La leche que llega a nuestra mesa existe porque un ternero fue separado de su madre. El simple hecho de saberlo cambia nuestra relación con el producto.
  • Reduce el consumo y busca alternativas. Las leches vegetales, los quesos fermentados y las opciones de origen vegetal nunca han sido tan accesibles ni han tenido un mejor sabor que ahora.
  • Cultiva la empatía. No como una obligación, sino como la consecuencia natural para quienes ya comprenden lo que significa el vínculo entre una madre y su hijo.

En este Día de las Madres, mientras celebramos ese amor que no pide nada a cambio, vale la pena recordar que este sentimiento también existe en otras especies.

Y que justo ahora en algún establo, una madre está llamando a un hijo que nunca regresará.

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